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La única noche en que España vuelve a ser España

Durante unas horas se demostró que el rito de las uvas es lo que de verdad amalgama y da sentido a tanta pluralidad, grupo parlamentario, tanta mesa de negociación, griterío tertuliano y tanta nacionalidad

Nadie diría que ha pasado solo un año entre esta Nochevieja y la de 2018. La historia sigue empeñada en correr cuesta abajo con el acelerador pisado hasta el fondo y no respeta gobiernos, instituciones ni usos sociales. Por eso es de agradecer que las cadenas de televisión hayan asumido el compromiso ciudadano de estabilizar el país. Durante unas horas, España pareció España otra vez, demostrando que este rito de las uvas es lo que de verdad amalgama y da sentido a tanta pluralidad, tanto grupo parlamentario, tanta mesa de negociación, tanto griterío tertuliano y tanta nacionalidad.

La Nochevieja es tan sagrada y medular en todo el país que ninguna televisión se atrevió a alterarla, no sea que se acabe mentando la bicha y este 2020 que viene tan tímido y renqueante se malogre recién nacido. Vivimos la Nochevieja de 2019, pero, a efectos catódicos, bien podría haber sido la de 2018 o la de 2017 o la de 2016. Tan solo TVE —quizá porque, como el Gobierno, vive en esa interinidad que permite a sus profesionales hacer travesuras como estudiantes sin la vigilancia del profesor— osó innovar algo con un monólogo de José Sacristán que resumía el año, pero lo metió en el Telediario, antes de la liturgia de José Mota y casi de matute, así que no cuenta. En un teatro vacío y con las palabras clave del año proyectadas en el decorado, las noticias del año adquirieron en la voz de Sacristán un aire ficticio y fatalista que le sentaron muy bien. Parecía que contaba otro país. Ojalá arraigue este género.

Ese fue el vistazo a la tele del futuro. El pasado lo vimos en una Telecinco que se hizo un autohomenaje rescatando fragmentos de toda su historia y demostrando que, en su caso, los tiempos pretéritos no fueron ni mejores ni peores y que en la cadena han facturado siempre la misma tele sin refinar y tabernaria. Hay baúles de los recuerdos que es mejor no abrir.

Menos mal que vino José Mota a ocupar su trono nocheviejero de TVE, casi absoluto y eterno. Intocable, su programa metacómico (y solo un grande consciente de su grandeza puede permitirse una hipérbole metatelevisiva como esa) agrupó a todos los cómicos de las Nocheviejas pasadas, en forma de fantasma y en carne mortal. Fue muy emocionante ver a Josema y Millán juntos en un sketch nuevo. Estuvieron todos los cómicos, salvo Leo Harlem, que oficiaba en La Sexta con sus monólogos, pero a su aire, sin ambiciones de destronar a Mota.

Mientras, en el barrio hípster de La 2, el Cachitos previo a las campanadas propuso un juego demasiado sofisticado para una noche tan Pedroche: invitó a grupos actuales a interpretar clásicos cachiteros. Se agradece el guiño, pero nos gusta más la ironía clásica de los textos que comentan los vídeos viejunos. Es decir, lo que vino después.

Pero enseguida dieron las doce menos algo y todos los pecados fueron perdonados. Mediaset, como suele ser costumbre en ella, se distanció del centralismo puertasolista y se fue a dar las campanadas a Guadalupe, en Extremadura, en un guiño a la España vacía donde no llegan los cuartos del reloj madrileño, pero también a una España esencial: para Unamuno y los intelectuales del 98, Guadalupe guardaba las esencias hispánicas. Supongo que nadie en Mediaset habrá escogido el enclave razonando en esos términos filosóficos, aunque quién sabe.

Pero esto son minucias que no ensombrecen el duelo entre las dos Españas de Nochevieja, la de Anne Igartiburu y la de Cristina Pedroche. La primera compareció en el campo de batalla con un vestido que me recordó a una bola de árbol de Navidad. Y Pedroche… Se veía venir que algo nuevo se cocía este año, pero esa transformación en ídolo egipcio me dejó turulato. Empoderada, dijo ella que salía, pero no me enteré mucho porque el oro del vestido esculpido por Jacinto de Manuel me deslumbró. Cual Afrodita de Mazinger Z, Pedroche plantó unos pechos dorados en los salones de toda España y venció sin posibilidad de revancha, y de un solo bombardeo, a la pobre Igartiburu-bola de árbol de Navidad.

La santa trinidad de la Nochevieja está definida sin matices ni peros. Antes de las uvas, reina Mota. Durante, reina Pedroche, se ponga lo que se ponga, y después, el Cachitos auténtico, el único que nos pone a bailar y nos quita la caspa de tanta gala seria. Qué suerte tener estas tres columnas sobre las que sostener el país. Al menos, una noche.

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