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Caos en Hong Kong por las protestas contra la ley de extradición a China

Aumenta exponencialmente la represión policial en las protestas de Hong Kong –

Más de 70 heridos, entre ellos 21 policías, en esta segunda «Revuelta de los Paraguas» contra el creciente control de Pekín

Con nubes de gases lacrimógenos de las que llovían cañonazos de agua, entre gritos y carreras, el caos se tragó ayer a Hong Kong. Esta ciudad de 7,5 millones de habitantes, una de las más pacíficas, desarrolladas y cívicas del mundo, vivió una de sus jornadas más convulsas por las multitudinarias protestas contra la ley de extradición a China, que fueron dispersadas con contundencia por la Policía.

Decenas de miles de personas, sobre todo jóvenes y hasta adolescentes que todavía van al instituto, cercaron por la mañana el Parlamento local para impedir la tramitación del controvertido acuerdo, que temen les merme sus libertades, mayores que en el resto de China. Cortando la avenida de cinco carriles en cada sentido frente a las sedes del Gobierno y el Consejo Legislativo (Legco), los manifestantes querían bloquear los accesos durante 61 horas para que transcurriera el plazo del debate y se tuviera que convocar otra sesión.

P. M. Díez | Enviado especial a Hong Kong

Más allá del amplio rechazo a la ley de extradición, las protestas de ayer en Hong Kong demuestran el fracaso de su asimilación por parte de China. Devuelta por el Reino Unido al autoritario régimen de Pekín en 1997, esta ciudad semi-autónoma goza de más libertades que el resto del país bajo el principio de «un país, dos sistemas», vigente durante medio siglo. Pero los hongkoneses se quejan de que las están perdiendo.

«Hay una brecha generacional que se está abriendo más y más. Nuestros padres compartían con China la misma cultura y la misma patria, pero los jóvenes hemos crecido bajo la influencia británica y tenemos valores occidentales que el régimen de Pekín no comparte», reflexionaba anoche con ABC Davis Chan, un consultor de 28 años. Alrededor de la barricada de Wan Chai, donde se refugió uno de los últimos reductos de los manifestantes desalojados del Parlamento, Chan aseguraba que «no nos gusta la ley de extradición porque no confiamos en Pekín». Con pesimismo, vaticinaba que «en 2047, cuando concluya la vigencia del modelo ‘un país, dos sistemas’, Hong Kong será una ciudad china más, como Pekín o Shanghái, y habrá perdido su identidad». Por el miedo a vivir bajo un régimen totalitario que limita las libertades de las que disfruta Hong Kong, aseguró que mucha gente está pensando en emigrar.

En 2003, una manifestación con medio millón de personas obligó al Gobierno local a retirar la ley de seguridad nacional que quería imponer China. Aunque un millón de personas (240.000 según la Policía) rechazaron el domingo la polémica ley de extradición, nadie en Hong Kong cree que el régimen, con el presidente Xi Jinping al frente, escuchará ahora a la gente y acabará retirándola.

Así se lo explicaba a ABC Johnson, un estudiante de 17 años que se tapaba el rostro con una máscara junto a otros compañeros de clase bajo el paso elevado que comunica la estación de metro de Admiralty, en la isla de Hong Kong, con los edificios gubernamentales. Bajo el aguacero que cayó al mediodía, los jóvenes se protegían de la lluvia con sus paraguas, el símbolo de las fallidas protestas pro-democráticas del otoño de 2014 que han recuperado para esta nueva lucha contra el Gobierno local y el régimen chino.

«Hemos venido aquí para defender las libertades de Hong Kong, ya que la ley de extradición puede servir para detenernos a cualquiera y juzgarnos sin garantías en China», exponía Michael, otro estudiante de 19 años, los temores que han llevado a buena parte de la sociedad hongkonesa a oponerse al acuerdo.

Mentiras del régimen

Aunque la jefa ejecutiva de la isla, Carrie Lam, ha prometido que se respetarán los derechos humanos y los tribunales hongkoneses estudiarán caso a caso cada extradición, que será solo para crímenes y violaciones, los manifestantes no la creen. «No es la primera vez que el Gobierno miente y, además, hay otros casos que nos preocupan como los secuestros de libreros», se quejó John, de 18 años, refiriéndose a la desaparición en 2015 de editores críticos con el régimen, que luego fueron mostrados en la televisión estatal china «confesando sus delitos». «No queremos que algo así nos pase a nosotros», justificó el muchacho, que aseguró contar con el apoyo de sus padres y hasta de sus profesores. «Nos han dicho que vengamos, pero que tengamos mucho cuidado», señaló mientras los cabecillas instaban a la multitud a aguantar bajo la lluvia.

Aunque los manifestantes lograron que se suspendiera hasta nuevo aviso la segunda lectura del proyecto de ley, provocaron la reacción de la Policía, que empezó a desalojarlos con gases lacrimógenos, pelotas de goma, espray de pimienta y cañonazos de agua. Haciendo con paraguas la clásica formación de la «tortuga romana», los jóvenes resistían los envites asomando levemente sus cabezas, protegidas con cascos, gafas de plástico y mascarillas.

Martilleando sus cascos con las porras para asustar a la multitud, los antidisturbios se abrían camino lanzando botes de gas que, en ocasiones, los jóvenes acertaban a devolverles, dibujando estelas humeantes que sobrevolaban la batalla campal. A pesar de algunos choques violentos entre los manifestantes y la Policía, hay que resaltar que los jóvenes apenas han roto ni quemado nada, limitándose a intentar recuperar sus posiciones con paraguas cuando eran forzados a retirarse. De igual modo, los antidisturbios no han tenido que entregarse tan a fondo como sus colegas occidentales cuando tratan de controlar, por ejemplo, las manifestaciones antiglobalización del G20 o, en el caso de España, el acoso al Congreso o las protestas independentistas en Cataluña.

Revelando su inocencia, los jóvenes retrocedían entre toses y lágrimas para huir de los gases y avanzaban gritando puño en alto cuando se disipaban. Entonando el grito de guerra de la protesta, «Chet Guo» («¡Retiradlo!»), pedían la anulación del controvertido acuerdo de extradición con el autoritario régimen de Pekín. «¡No podemos permitirlo! Si la ley sale adelante, Hong Kong ya no será Hong Kong nunca más. ¡Seremos China!», gritaba llorando, emocionado, un muchacho de 17 años apodado Natural. Hace cinco años, con solo 12, era demasiado pequeño para unirse a la «Revuelta de los Paraguas» que pidió pleno sufragio universal sin éxito. Pero ahora, aseguraba, «no estoy dispuesto a renunciar a la lucha por la libertad de Hong Kong».

Decenas de heridos

Tras varias horas de idas y venidas entre cargas de la Policía, resultaron heridas más de 70 personas, de las que 21 eran agentes. Según informaba anoche el periódico «South China Morning Post», la mayoría se recuperaba bien, pero había dos cuyo estado era serio. A tenor de lo visto, es un milagro que la cifra no sea mayor. Pero más por el riesgo de la masa que por la violencia en sí de las protestas o la represión policial. Aunque ambas han sido elevadas para una ciudad tan tranquila como Hong Kong, han resultado mucho menos destructivas que los disturbios que suelen sacudir a Europa o Estados Unidos.

A pesar de todo ello, incidentes de esta magnitud son tan poco habituales en Hong Kong que no se veían desde la «Revuelta de los Paraguas» en 2014, que reclamó pleno sufragio universal ocupando casi tres meses la avenida ante el Consejo Legislativo y las sedes del Gobierno local. Por ese motivo, Amnistía Internacional (AI) se apresuró a criticar la actuación de los antidisturbios. «Las feas escenas de la Policía usando gases lacrimógenos y espray de pimienta contra los manifestantes pacíficos son una violación de la ley internacional», denunció su director, Tam Man-kei, según informa el SCMP.

Por su parte, la jefa ejecutiva de Hong Kong, Carrie Lam, difundió un vídeo de tres minutos acusando a los manifestantes de organizar «disturbios» por el caos desatado en la ciudad. «Alguna gente ha recurrido a actos peligrosos, o incluso potencialmente fatales. Estos incluyen incendios, usar barras de hierro afiladas y tirar ladrillos a los agentes de Policía, así como destruir instalaciones públicas», censuró Lam.

Acusando la inestabilidad, la Bolsa de Hong Kong perdió un 1,8 por ciento y espera con preocupación para ver cómo se desarrolla la jornada de hoy.

Una vez desalojados la mayoría de los manifestantes de los alrededores del Parlamento, sus últimos reductos fueron arrinconados en otra avenida contigua, Queensway, y en el Distrito Central, donde los agentes los vigilaban mientras esperaban a que les venciera el cansancio. Sin un líder visible que los dirigiera, los manifestantes se limitaban a insultar a los policías, pero cualquier movimiento de estos los asustaba y provocaba una desbandada. Así ocurrió cuando, en la barricada montada a la entrada del «barrio rojo» de Wan Chai, alguien dijo que las furgonetas de la Policía los estaban rodeando para detenerlos. Asustados, muchos manifestantes echaron a correr hasta que otro, a voces desde un paso elevado, les conminó a seguir resistiendo durante toda la noche manteniendo la calle cortada. Ahora está por ver cómo reaccionará hoy la sociedad hongkonesa ante este brote de violencia. En 2014, y tras una represión similar, cientos de miles de personas se echaron a la calle y provocaron la «Revuelta de los Paraguas», la crisis política más grave que ha vivido Hong Kong desde su devolución a China en 1997. Hoy se verá si la segunda «Revuelta de los Paraguas» continúa o ha sido sofocada por la Policía.

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