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Bolsonaro aplica sus primeras recetas para dar la vuelta a Brasil

Indígenas de la etnia Guaraní, este viernes frente a la sede de la Fiscalía en Sao Paulo –

Retorno a valores cristianos en política social y abierto liberalismo económico

La imagen en campaña de Jair Bolsonaro, colocando los dedos de una niña de tres años a modo de revolver, desató la furia de buena parte de Brasil y del resto del mundo. Aquella escena, inolvidable, ilustraba por sí misma la idea del uso de las armas que tiene el presidente de Brasil. La confirmación de esa visión, sobre el papel, no se hizo esperar, de inmediato legalizó la compra de armamento para defensa personal. La decisión puso a tiro la polémica pero no fue la única. Haga lo que haga, Bolsonaro y su batería de medidas están en la diana de la crítica.

Mientras inversores y empresarios (nacionales y extranjeros) aplauden el plan de apertura de mercados, los proyectos de reforma laboral, de jubilación, la subida recortada del sueldo mínimo y los planes de privatizaciones; ecologistas, pacifistas, feministas, sindicatos, indígenas y, entre otros, los colectivos de LGBT (Lesbianas, gais, bisexuales y transexuales) se declaran en pie de guerra contra el excapitán que asumió la presidencia el 1 de enero.

Bolsonaro, el mismo que declaró en la revista Playboy: «Sería incapaz de querer a un hijo homosexual», excluyó a la comunidad LGBT de las políticas de derechos humanos. Homofóbico confeso y supremacista racial, aprovechó la primera semana de gobierno para marginar a la Fundación Nacional del Indio que, entre otros cometidos, se ocupaba del tema de la protección de las reservas o tierras habitadas por los pueblos originarios. A partir de ahora, será el Ministerio de Agricultura el que administre todo lo referente a la materia. «No estamos en un zoológico», se quejaron los indígenas que viven en esos enclaves.

Las protestas eran tan previsibles como las que se avecinan contra él en las filas del PT (Partido de los Trabajadores). Onyx Lorenzoni, jefe de la Casa Civil, equivalente, con matices, a jefe de Gabinete, advirtió lo que se venía: «Hay que terminar con las ideas socialistas y comunistas que durante treinta años nos llevaron al caos en que vivimos», dijo en alusión, principalmente, a los gobiernos de Luiz Inacio Lula y de Dilma Rousseff. Sus palabras serían el preámbulo del anuncio de una versión «brasilera» del «mani pulite» en la Administración. Dicho de otro modo, de la «despetización» del Estado con la expulsión de una avalancha de funcionarios (unos 3.100 cargos vinculados a políticos o designados a dedo).

Todos los presidentes saben (incluso los que no lo hacen) que las medidas más impopulares se adoptan los tres primeros meses de mandato y Bolsonaro parece haber tomado buena nota de esta máxima. Dicho con ironía gastronómica, Alfredo Behrens, profesor del Global MBA de la Universidad de Salamanca y director de la consultora Winvest (Brasil), observa, «Brasil retoma un perfil picante aunque pragmático» que, de momento, significa, «ladrones a la cárcel, indígenas en su sitio, jubilaciones que se pueden pagar, diplomáticos a trabajar y gais sin alborotos».

Aviso a inmigrantes

La sacudida es vigorosa pero, matiza, «es temprano para juzgar a Bolsonaro» aunque ya ha provocado que haya «mucha gente arrojándole piedras» Entre otros, los 180 países que habían suscrito el Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular, al desayunarse con la noticia de que Brasil lo había abandonado por las bravas. «Quien venga aquí debe estar sujeto a nuestras leyes, reglas y costumbres así como deberá cantar nuestro himno y respetar nuestra cultura. No cualquiera entra en nuestra casa, ni cualquiera entrará en Brasil vía pacto adoptado por terceros», explicó Bolsonaro en Twitter.

La euforia de un presidente mitad Trump mitad él mismo, se extiende en el mundo del dinero y la bolsa. Esta batió récord al escuchar al ministro Paulo Guedes. Banqueros, industriales, empresarios y emprendedores confían en que las promesas del ministro ultraliberal, entusiasta de la economía chilena desde los tiempos de Pinochet -que vivió sobre el terreno-, signifique el regreso de los buenos tiempos de los años 90 del socialdemócrata Fernando Henrique Cardoso. Una docena de aeropuertos, cuatro puertos y varias líneas ferroviarias, están ya en lista de espera para su privatización, lo que supondrá más de mil quinientos millones de euros.

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