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Atentado en Nueva Zelanda, una masacre en directo gracias a las redes sociales

Captura de las imágenes difundidas por el terrorista a través de Facebook Live –

Uno de los terroristas retransmitió su acción durante 17 minutos sin que Facebook lo evitara

La matanza en directo para todo el mundo. El terrorismo retransmitido en primera persona, como si se tratase de un videojuego bélico. El atentado de Nueva Zelanda en dos mezquitas que ha dejado al menos 49 personas vuelve a cuestionar los servicios digitales de emisión vía «streaming».

Uno de los terroristas de Christchurch, Brenton Tarrant, se valió de la plataforma Facebook Live, que está al alcance de cualquier usuario registrado en la red social fundada por Mark Zuckerberg, para dar cuenta de su carnicería con imágenes en tiempo real. Fueron 17 minutos de horror auténtico convertido en espectáculo global.

Para poder realizar la retransmisión, empleó la aplicación para móviles Live4, que permite compartir en Facebook Live imágenes tomadas con pequeñas cámaras de tipo «GoPro», que se adosan al cuerpo mientras se realiza una actividad. Live4, de hecho, se utiliza habitualmente para ofrecer en directo experiencias como deportes extremos o conciertos de música.

La secuencia del tiroteo de la masacre es aterradora. Facebook tardó 17 minutos en reaccionar y cortar la emisión, alertados por usuarios que reportaron lo que sucedía. Sin embargo, grabaciones del vídeo seguían circulando tanto en esa red social como en Twitter, Instagram, YouTube y Whatsapp al menos diez horas después, lo que incide en la falta de control de este tipo de servicios.

Falta de control

«La Policía nos alertó de un vídeo en Facebook poco después de que comenzara la emisión y rápidamente eliminamos tanto el vídeo como sus cuentas integradas. También estamos eliminando cualquier alabanza o apoyo del crimen y el autor tan pronto como seamos conscientes», defiende en un comunicado Mia Garlick, responsable de esta red social en Nueva Zelanda.

Este tipo de servicios tecnológicos que permiten retransmisiones en directo (Periscope, Twitter, Facebook Live, Twitch…) son un arma de doble filo. Junto a su utilidad como herramientas, también se convierten en terreno propicio para los «trols», usuarios que bajo el anonimato encuentran en ellas un paraíso para el insulto, y para criminales que buscan llamar la atención de forma masiva. Mera propaganda y, cuanta más, mejor.

Se trata de casos aislados, pero demuestran que las nuevas tecnologías se utilizan en muchos casos para fines para los que no fueron originalmente planeados. Son numerosas las cuestiones alrededor de la falta de control sobre este tipo de emisiones. ¿Qué responsabilidades tiene una plataforma «online» ante un crimen de uno de sus usuarios? ¿Hasta qué punto se les puede acusar? ¿Qué pueden hacer? Es más, ¿puede la tecnología anticiparse (y evitar incluso) a una tragedia?

No es la primera vez que este tipo de herramientas se han empleado en la difusión de atentados. En 2017, Steve Stephens, de 37 años, aparecía por sorpresa en un vídeo colgado en su perfil de Facebook. En una conexión en directo aseguraba que había matado a trece personas. Ese mismo año se retransmitió por Facebook Live la violación en grupo a una menor por parte de seis personas en Chicago, mientras 40 usuarios de la red lo veían en directo sin denunciarlo.

Por otra parte, esta plataforma también ha servido para alertar de posibles abusos, como cuando una mujer emitió en 2016 los instantes después de que un policía matara a su pareja en el interior de un coche en Minnesota.

Las políticas de uso de Facebook o Twitter prohíben expresamente hacer apología de la violencia o incitar a ella», pero no siempre llegan a tiempo para impedirlo. Las dificultades para analizar y revisar en tiempo real lo que difunden más de 2.300 millones de personas –el número de usuarios registrados en Facebook–, es su gran desafío.

Una combinación de sistemas informáticos basados en inteligencia artificial y revisores humanos se encarga de velar por el cumplimiento de estas normativas. Sin embargo, en la mayoría de los casos es la comunidad la encargada de autorregular (o censurar) estos contenidos gracias al uso de una serie de herramientas a su alcance para denunciar y reportar el contenido inapropiado.

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